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Editorial del Programa ECOS del día 25 de Abril de 2026
Alimentos con pesticidas

Hoy vamos a hablar una vez más de pesticidas, de algo tan cotidiano que ya forma `parte de nuestra vida. Porque un informe reciente vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda: buena parte de las frutas y verduras que consumimos contienen residuos de pesticidas. Y no uno. Cuatro, cinco, a veces más, combinados en un mismo alimento. Una especie de cóctel químico que no elegimos, pero que se vende y se come.
Las hortalizas de hoja verde, como las espinacas, y los eternos favoritos de los niños (las frutillas y las uvas) presentaron los niveles más altos de residuos de pesticidas potencialmente nocivos, basándose en pruebas gubernamentales; así lo indica la “Guía del comprador sobre pesticidas en productos agrícolas” de 2026 publicada hace poquito por el Environmental Working Group, una organización sin fines de lucro de Estados Unidos, con sede en Washington.
Los duraznos, las cerezas, las manzanas, las moras, las peras, las papas y los arándanos completaron la lista de los doce alimentos más contaminados de este año: la lista de las frutas y verduras con mayor carga de pesticidas, según el informe.
Y lo más preocupante no es solo la cantidad, sino el tipo de sustancias detectadas.
Por primera vez, más del 60% de estas muestras contiene lo que ya se conoce como “químicos eternos”. Las famosas PFAS. Sustancias que no se degradan. Que permanecen durante años, décadas… en el ambiente y también en nuestro cuerpo.
Porque mientras algunos sectores intentan tranquilizar diciendo que “los niveles están dentro de lo permitido”, la evidencia científica viene señalando otra cosa. Que la exposición acumulada importa. Que las mezclas importan. Que no es lo mismo un pesticida aislado que varios actuando al mismo tiempo dentro del organismo.
Y que los más vulnerables —niños, niñas, personas gestantes— son también los más expuestos.
Alteraciones hormonales, problemas de fertilidad, daño genético, cáncer. No como una exageración, sino como una advertencia sostenida en investigaciones que se acumulan año tras año.
Ese informe es de Estados Unidos. Aquí, en Mar del Plata, logramos desde BIOS una herramienta concreta, una política pública que iba en la dirección correcta: el programa de control de residuos de pesticidas en frutas y verduras.
Un programa que analizaba, que medía, que informaba. Que permitía saber qué estábamos comiendo. Pero con el paso del tiempo Se le fue quitando financiamiento. Se lo fue vaciando. Hoy sobrevive apenas, con algunas muestras pero sin capacidad real de incidencia, sin generar información robusta para cuidar la salud de la población.
Es decir: en el mismo momento en que el problema crece, el control se debilita.
Y ahí es donde aparece la dimensión política del asunto.
Porque no se trata solo de decisiones individuales —lavar mejor, elegir orgánico si se puede—. Se trata de qué modelo de producción se sostiene. Qué controles existen. Si acaso el Estado está presente… No alcanza con decirle a la gente que coma frutas y verduras —que por supuesto hay que hacerlo— si no garantizamos que esos alimentos no sean, al mismo tiempo, una fuente silenciosa de riesgo.
No alcanza con confiar en “límites seguros” cuando esos límites no contemplan la exposición combinada ni acumulativa. Que están basados en clasificaciones toxicológicas equivocadas, perimidas, y hasta fraudulentas. Y no alcanza, sobre todo, con mirar para otro lado. Porque lo que está en juego no es una discusión técnica. Es algo mucho más básico. Es la salud.

